Historia de Córcega

La historia corsa de verdad es un enredo de conquistas, convivencias (más o menos pacíficas), colonizaciones, ocupantes y ocupados, pero sobretodo, precisamente en virtud de todo esto, de fuertes anhélitos independentistas. Resumir los momentos principales de esta historia es complicado; a lo mejor puede ser de ayuda hacer referencia a la que, probablemente incluso más del moro con la venda alzada sobre los ojos, representa de manera emblemática el verdadero estandarte de la historia y de la cultura corsa: ese idioma tanto más familiar a un genovés o a un gallurés que no a un parisino, decididamente más similar al ligure y al sardo que no al francés, pero con características totalmente peculiares y que desde hace siglos es testigo vivo y activo de la identidad histórica y cultural de Córcega.

Los origenes de los antiguos habitantes de Córcega hay que buscarlos en la Italia centro-septentrional, quizás en Toscana, desde donde llegaron en el VII milenio a. C.; construían sus refugios en las cavernas y bajo de las escolleras, y vivían de caza, agricultura y pesca. Un millar de años más tarde llegaron nuevos colonos que construían aldeas, cultivaban la tierra y criaban el ganado según la práctica de la trashumancia, todavía seguida por muchos pastores corsos. En el IV milenio a.C. llegaron desde Asia Menor y desde el Egeo aquellos que fueron los creadores de las construcciones megalíticas de la isla, dolmen y menhir a menudo ligados al culto de la Diosa Madre mediterránea; numerosos grupos de menhir han sido hallados en la región de Sarténe, a “protección” de las tumbas subterráneas donde venían enterrados los muertos. Más tarde los menhir adquirieron formas y rasgos humanos: algunos estaban proveídos de espadas o puñales, sobre otros estaban esculpidas paletillas o costillas rudimentales y cada estatua era diferente de la otra, quizás una representación de los espíritus de los difuntos o quizás trofeos de guerra, cada uno de los cuales indicante un invasor vencido o evitado.

La mayor parte de estas misteriosas figuras de guerreros fue hallada en Filitosa, actualmente uno de los sitios arqueológicos más sugestivos de todo el Mediterráneo. Alrededor del 1500 a.C. nuevos invasores, los misteriosos Torreanos, habían desembarcado a sur y habían establecido su primera base cerca de Porto-Vecchio: se trataba probablemente de los Shardana, un Pueblo del Mar conocido por haber atacado Egipto alrededor del final del II milenio a.C., y parece que fueran precisamente los invasores representados en los menhires de Filitosa. Sin embargo a estos sustituyeron torres de piedra de significado no menos críptico; en el interior de estas han sido halladas huellas de fuegos, probablemente usadas para incinerar los muertos o cumplir sacrificios humanos. Durante la colonización los isleños autóctonos fueron obligados a desplazarse hacia el interior y finalmente a norte, donde pudieron continuar a seguir sus credencias y sus costumbres en paz.

En el siglo VI a.C. empezó otra ola de ocupaciones extranjeras: primero llegaron los prófugos griegos de Focea, que fundaron la primera grande colonia en Aléria dedicándose a una pacífica vida rural y comercial hecha de cultivos de vides y olivos y de comercio de metales y cereales. En el 535 a.C. los griegos abandonaron Aléria dejandola en mano de los etruscos que, a su vez, fueron echados por los cartagineses en el siglo III a. C. Mientras tanto los romanos ya habían puesto sus miradas sobre Córcega y en 259 a. C. empezaron su conquista; la costa oriental pronto fue colonizada con la construcción de numerosos puertos, sin embargo, antes de que también el último remoto rincón del interior de la isla fuera sumiso, los romanos debieron combatir para más de un siglo contra los isleños rebeldes, que hicieron frente común con los cartagineses para oponerse a la nueva ocupación.

Córcega quedó una provincia del Imperio romano por más de 500 años de relativa estabilidad, durante los cuales sobre la isla fue introducido el cristianismo. Con el derrumbe del Imperio romano, los vándalos empezaron a saquear la costa. Después, la anexión de la isla al imperio bizantino no impidió la ocupación de los ostrogodos y, más adelante, de los longobardos, que lograron a anexionar Córcega en el 725, encontrandose sin embargo con un difícil asunto: en la época en efecto las aldeas costeras estaban flageladas por las frecuentes incursiones de los moros sarracenos, que lograron obtener el control de algunas zonas costeras; durante los dos siglos siguientes los corsos nativos fueron confinados en el interior, donde habían desarrollado un sistema de gobierno feudal basado sobre comunidades cuyos jefes, una vez elegidos, aspiraban con todos los medios a la hereditariedad de sus cargos. Parece que el origen de la importancia de los clanes y de su secular rivalidad en Córcega se remonte precisamente a la ascensión de estas grandes y poderosas familias feudales.

Mientras tanto alrededor del año 1000 Córcega había pasado bajo el dominio papal y el pontífice, tras petición de algunas de estas poderosas familias, había colocado la isla bajo la protección de los pisanos, mientras otras buscaron el apoyo de los genoveses, que reclamaban sus propios derechos sobre la isla. La época pisana, incursiones sarracenas a parte, fue para Córcega un período de relativa paz, prosperidad y desarrollo (fue este el período en que floreció la local arquitectura religiosa de estilo románico-pisano). Sin embargo la fiesta terminó cuando, en 1133, Génova, atraída por las posibilidades de desarrollo comercial, obtuvo por el Papa Innocenzo II que la isla fuera dividida entre las dos repúblicas marineras y desde ese momento empezó su ofensiva: fortificó Bonifacio y fundó más a norte la que históricamente será su ciudad más fiel, Calvi; luego en 1284, derrotando a la flota pisana en la Meloria, decretó su propio predominio.

Córcega se convirtió en colonia de Génova, que aprovechó de las tierras y de los impuestos al servicio de sus propios intereses comerciales y erigió grandes fortalezas y centenares de torres de guardia. Este fue un período particularmente obscuro de la historia corsa y el dominio genovés quedó por siglos sinónimo de una brutal represión: durante los cinco siglos de esta ocupación, cualquier intento de oposición fue en efecto ferozmente abatido. Contra esta potencia de poco valieron los intentos de conquista por parte de los aragoneses, que gozaban de la bendición y del patrocinio de Papa Bonifacio VII, y que se habían adelantado con el pretexto de sostener parte de las familias feudales en revuelta. Entre el 1553 y el 1559 hubo una breve paréntesis de administración francesa, que en la fase de conquista y de asentamiento vió emerger la figura del coronel Sampiero Corso: antigenovés encarnizado, fue un combatiente de excepción en el ejército transalpino en lucha contra la tiranía genovesa. En 1559 sin embargo los genoveses volvieron a tomar el control de la isla y con eso su explotación económica, agrícola y comercial y su represión, abriendo nuevas y quizás aún más dolorosas heridas en el corazón del pueblo corso y dando el comienzo a una grande ola de emigraciones.

Durante los siglos XVII y XVIII se succedieron numerosas rebeliones antigenovesas, hasta cuando Pasquale Paoli no tomó el control de los movimientos irredentistas y se conquistó el título de “padre de la patria”: no sólo contribuyendo (en medida quizás algo mitificada) a las operaciones militares de liberación de la odiada ocupación genovesa, pero sobretodo fundando un verdadero estado corso independiente con sede en Corte, con uno de los primeros textos constitucionales democráticos de Europa, un propio sistema judicial, una propia universidad, una propia uniforme y un renovado sistema económico, agrícola y comercial saneado de las contraproducentes políticas colonialísticas de Génova. Sin embargo Francia, que hasta ese entonces había dado man fuerte a los independentistas corsos ofreciendo la propia mediación en términos antigenoveses, pensó bien de adelantarse para tener su propio pastel y obtuvo el consentimiento de Génova para ocupar Bastia, Ajaccio, Calvi y Saint-Florent: sólo un entremés de la definitiva conquista francés de Córcega decretada por el Tratado de Versalles de 1768.

Las relaciones con Francia tuvieron desde entonces altos y bajos; es emblemática en este sentido la política del corso más famoso en el mundo, Napoleón Bonaparte, que más de todos se afanó por la francesización de la isla. Después de una aparente reconciliación con Francia después de la activa Resistencia corsa en la lucha al nazifascismo, el fuerte sentimiento nacional y un nunca totalmente calmado deseo de independencia, desde siempre favorecidos por la acentuada insularidad corsa, hicieron volver a emergir de manera marcada el así llamado malestar corso, que a partir del segundo posguerra ha desembocado en un verdadero movimiento autonomista y, en parte, en la fundación en 1976 del Frente de Liberación Nacional de Córcega (FLNC). A lado de las reivindicaciones políticas en más fases se ha asociado la lucha armada, en un contexto tanto de fuerte violencia (a la que siguió una política a veces represiva, otras oportunamente licenciosa por parte del gobierno central francés), tanto de extrema fragmentación interna, con algunos grupos nacionalistas envueltos en los años Noventa en verdaderas guerras fratricidias.

A las seculares conquistas extranjeras, que todas, también ellas todo afuera que pacíficas, han contribuido a componer lo que hoy es el pueblo corso, a las luchas de poder, a las reivindicaciones políticas y sociales gritadas a gran voz (o en tiempos más recientes con dinamita), a las relaciones a menudo ambiguas entre el gobierno francés y quien por turno se ha declarado indiscutible portavoz del pueblo corso y su único y legítimo representante, a todo esto el verdadero espíritu corso parece haber fieramente sobrevivido. Lo hizo con una cultura que aún es consciente de sus propios origenes, aunque en lucha contra los aspectos más homologantes de la globalización de los cuales tampoco Córcega viene totalmente ahorrada; con una música tradicional que con el reciente revival “combat-folk” logra a ser “pop” en el sentido más genuino del término; con una notable inspiración ambientalista (pirómanos a parte); con un idioma que especialmente aquí es símbolo por excelencia de distinción y de identidad. No se trata ni de estériles fetiches de archivo de una memoria en romántica decadencia, ni de una realidad dada por descontada en sus capacidades de preservación y de renovación, sin embargo parece que Córcega de momento esté logrando a mantener vivos y dinámicos los caracteres más originales de esta realidad, incluso cuando atraviesa los inevitables, necesarios y siempre más rápidos cambios culturales e históricos dictados por la contemporaneidad.

Scopri cosa fare in Corsica